lunes, 28 de abril de 2008

Vivir

Leí el otro día este texto y me encantó. Iba acompañado de una foto en la que una niña boliviana paseaba a orillas del Titicaca.

La gente grande dice que es importante dejar huella
porque es lo único que queda de ti cuando miras atrás.
Yo no creo que haya que mirar para atrás,
yo creo que hay que ir mirando hacia el horizonte
y caminando descalza por la vida
para no perderse ni un amanecer,
para sentir la humedad del barro
que se te mete por los pies
para quemarse con el calor del asfalto
hacerse heridas con las piedras y las ramas que cortan,
y sentir cosquillas cuando te acaricia la espuma del mar.
Para llegar lejos, pisar lento y andar profundo.
Andrea Velasco

jueves, 24 de abril de 2008

Tres palabras: Fiesta, tango y Sajama.

A estas alturas del año a mí el cuerpo me va pidiendo primavera: sangrías y tapas en una terraza, tardes de paseo por la playa y esa luz del sol que ilumina Madrid. Pero en el hemisferio sur estamos en otoño y, aunque en La Paz no se ven hojas secas, va haciendo una rasca que me anuncia que lo siguiente es el invierno. Y sin embargo, yo me siento en plena primavera y como dicen Los delinqüentes, sin llorar "porque vivo en Carnavales".

A pesar del frío, se hace lo que se puede. Fiesta con lacitos verdes y, con el chaki y las risas, mini-viaje de fin de semana para ver el pico más alto de Bolivia, el Sajama: un amanecer espectacular con la luna más grande que he visto jamás a plena luz del día.
Una tarde en casa de Pau, inesperada y divertida.
Las noches en casa de Cris, con cenas de lujo y clases de tango, y conversaciones que invitan a pensar en el próximo destino y en el por qué del cariño que se le pilla a esta ciudad.
La cuenta atrás se me está pasando más rápido de lo que esperaba.

viernes, 18 de abril de 2008

Crónicas de un crápula confeso

La primera vez que vi a Humbert me pareció que tenía una apariencia imperturbable, pero ahora sé que es alguien lleno de pasiones. Que a pesar de la dureza que pregona, tiene un lado sensible fácil de estremecer que intenta ocultar constantemente.
Me encanta hablar con él: de nuestros fantasmas, de sus conquistas, de mi miedo a las batallas… casi siempre acabamos hablando de los hombres y las mujeres, de la guerra de sexos, de lo que yo pienso de ellos y él de ellas…
Encontrarlo en este camino ha sido una sorpresa. A mí me divierte su visión del mundo y agradezco que alguien me recuerde de vez en cuando lo corta que es la vida y que hay que disfrutarla sin dejarnos guiar por juicios ajenos. Me gusta que nos hablemos sin tapujos y sin miedo a malentendidos. Pero si hay algo que le tengo que agradecer son sus relatos en primera persona, que me hacen ver lo crápulas sin medida que pueden ser algunos hombres... o todos en cierto momento de sus vidas.
Durante una de nuestras “charlas” cibernéticas llegué a la conclusión de que todos estamos locos o mejor dicho, que no hay nadie cuerdo del todo, pero que hay gente que le pone remedio, que lo palia haciendo cosas que le permiten echar fuera aquello que les inquieta o les remueve.
Una de las terapias de Humbert es escribir. Aquí va una de sus crónicas:
"La sumisión muda inicial de la pequeña D. ha dado paso en los últimos días a una euforia juvenil sin igual. Alterna accesos de verborrea con largos silencios contemplativos en los que juega con mis manos o mi pelo. Tiene sensibilidad musical y me doy cuenta perfectamente cuando le pongo algún disco de que su interés es genuino. Cada vez que viene a casa se marcha feliz con un nuevo muestrario de sonidos y voces que luego escucha al llegar a su casa en la penumbra de su salón. Se queda grabada para siempre en nuestras retinas la mueca de Lito Nebbia sonriente y burlón, cigarro en mano, cantando las penas de un continente abandonado por la suerte y el amor. Queda impresionada por la pirotecnia guitarrera de Jefferson Airplane, Pink Floyd (ha sido fanática de Pink Floyd desde pequeña y reconoce que el poco inglés que sabe se lo debe a The Wall). Quicksilver, Grateful Dead. Se llevó ¨Live/Dead¨ a su casa el otro día y no ha dejado de aludir a él, refiriéndose sobre todo a la primera canción como un poema muy lindo de una alegría contenida. Cuando le digo que yo siempre he creído que nací treinta años demasiado tarde me mira a los ojos y se ríe cómplicemente, reconociendo de alguna manera que a ella también la habría gustado ser testigo de aquel semillero de creatividad que fue Haight Ashbury a finales de los sesenta.
Los encuentros con D. son siempre un placer. El sonido del timbre avisándome de su llegada me reconforta. A veces si estoy en la ducha dejo abierta la puerta para que se instale cómodamente en el salón. Sé siempre que ha llegado porque antes siquiera de saludarme se empieza a escuchar desde el baño el rumor de la música. Es de una discreción exagerada, oriental, como sus ojos de geisha privilegiada. Salgo de la ducha ansioso por verla, le beso la frente y la boca y me ausento al cuarto para terminar de secarme, vestirme y peinarme. Regreso al salón y le pregunto si tiene hambre y le apetece cenar. Me señala que no con un movimiento horizontal de la cabeza y me pide permiso para fumar. Fumando adquiere una belleza y un grado de erotismo extraordinarios. Súbitamente se transforma en femme fatale latinoamericana, a la altura de cualquiera de los grandes mitos eróticos del cine. Lo más bello es que no lo sabe. Mis piropos se pierden con frecuencia en unos ojos que mantienen mi mirada perplejos, unos ojos que preguntan interrogantes por el método empleado para llegar a semejante conclusión. Me sobreviene un deseo irrefrenable de desnudarla y recorrer la playa de su cuerpo palmo a palmo con la sagacidad de un arqueólogo. Ella me acaricia el pelo mientras paseo mi lengua por su nuca y su cuello hasta detenerme en el interior de sus muslos… "

jueves, 17 de abril de 2008


"La vertigine non è paura di cadere, ma voglia di volare"

Un beso, preciosa ojitos.

jueves, 10 de abril de 2008

La Chiquitanía

La Chiquitanía es la imagen que yo tenía de Sudamérica antes de venir. La de tierra roja y paisajes verdes; la de los acentos dulces y las noches cálidas y apacibles; la de la tez morena y el corazón alegre. Es Bolivia pero no deja de sorprenderme lo increíblemente distintos que son los habitantes y paisajes de ambas partes de este país.


En esta zona los Jesuitas vinieron a evangelizar e impusieron un modelo de vida desconocido para las tribus que vivían allí, que tuvieron que sacrificar gran parte de su cultura. La historia no se puede cambiar y a pesar de que esa imposición conllevó muchísimas pérdidas, también dejó un legado cultural que hoy día pervive, especialmente relacionado con la música. Lo más impresionante no han sido los paisajes, que eran increíbles, sino ver a niños humildes, no jailones de la elite, asistiendo a clases de violín un domingo por la mañana.

martes, 8 de abril de 2008

Viajar en flota por Bolivia: una experiencia religiosa.

Llegar a San Ignacio de Velasco fue toda una odisea. Lo que en principio iban a ser unas 12 o 13 horas de viaje (para hacer unos 450 kilómetros) se convirtieron en 22 por un cúmulo de imprevistos difíciles de creer. Salimos a las 8 de la tarde de Santa Cruz y a las 2 horas el autobús se paró porque uno de los ríos de la zona tiene un único puente para cruzar, puente con un solo carril, lo que obliga a establecer turnos para pasar, dependiendo del sentido. Así estuvimos 2 horas parados, esperando. Cuando al fin logramos cruzar este puente de madera, que a mí me pareció kilométrico, sobre un río oscuro y caudaloso, al poco rato, el autobús volvió a pararse. Yo quería pensar que era una parada para ir al baño pero nada más lejos de la realidad: el bus estaba averiado. Llevábamos más de 5 horas en marcha y apenas si nos habíamos alejado de Santa Cruz. La compañía no envió ningún bus para continuar el trayecto (a pesar de lo cerca que estábamos), así que estuvimos 7 horas más parados hasta que abriese el taller más cercano y se pudiera arreglar la flota (así llaman a los autocares en Bolivia). Amanecimos en San Julián, donde seguíamos esperando y decidimos darnos una vuelta por el pueblo para desayunar algo. Decir que era un lugar pobre es quedarse corto. A pesar de ello, todo el mundo estaba desayunando platos abundantes de comida y en la única librería del mercado encontré un ejemplar (trucho, claro) de “Donde el corazón te lleve”, de Susana Tamaro. Volvimos a tiempo para celebrar que el autobús ya estaba arreglado y así emprendimos la marcha hacia San Ignacio de nuevo. Paradita en San Javier para comer. Pudimos ver la misión y poco a poco íbamos viendo cómo el carácter de la gente se va suavizando. Se notan los efectos del calorcito en esta parte del país. Cuando estábamos a punto de llegar, se pincho una rueda, pero bueno, nos hizo perder otros 40 minutos, pero bueno, en un viaje de casi un día, ¿qué son 40 minutos? Lo mejor fue la respuesta de la de los de la estación de autobuses ante nuestras quejas por haber tardado 10 horas más por la negligencia de la compañía: "lo siento, pero no podemos hacer nada, ni compensarlos de ningún modo, porque al final han llegado, además, aquí la gente nunca se queja por llegar tarde". This is Bolivia, y a veces, sólo a veces, saca a uno de sus casillas.

sábado, 5 de abril de 2008

6 meses: sumo y sigo

Llegar a La Paz y verla por primera vez desde El Alto: un cielo de luces en la noche. Encontrar mi departamento: amor a primera vista. El soroche. La primera cena en el Maphra On. La Cinemateca. Pasear los domingos por El Prado. El desparpajo de Sandra. Ver el salar desde la Isla Incahuasi. Las lagunas y el viento. Un fin de semana de cartas en Sorata. Una tarde en la Calle Graneros. Descubrir el Soho y ver Andalucía en la Calle Jaén. La Dante: mi pequeña Europa las primeras semanas. Las noches "made in Spain" en el Rincón. Los cafés con Raúl: conversar sin pretensiones. La Gota de Agua: Bolivia en estado puro. Las noches de pizza y charla en mi departamento. Un domingo en el montículo. Las tormentas desde casa de Pau. El trimate. Bolichear. La cena de Navidad adelantada. La risa de niña traviesa de Inma. Las compras en la Sagárnaga. El Angelo colonial y el pastel de quinua. Las montañas que rodean La Paz. Las vistas desde la Torre Azul, de noche y en buena compañía. Las estampas del Alto. Los colores de la música boliviana. Pisar Machu Picchu. La luna llena sobre Cuzco. Los mercados de La Paz, todos y cada uno. Coroico y los ruidos de animales desconocidos. Un fin de año con calor: Buenos Aires, mi preferida. Salteñas y Coca-coca cola. 4 países en 4 días. Saber qué significa amar a la Pachamama. Ver el Cerro Rico. El pejerrey. Aprender tango. Iguazú y sentir la fuerza del agua. Sopocachi al atardecer desde mi ventanal. Las incomprensibles formas del Valle de la Luna. La incertidumbre de no saber qué va a pasar en este país mañana. Chile en un coche. Los paisajes del altiplano. El oriente y el occidente bolivianos: la antítesis. Las Flores y no dejar de reír. Subir a la Muela del diablo sin previo aviso. El singani: chuflays y yungüeñitos. La feria de El Alto. Pisar el Perito Moreno y verlo resquebrajarse. La isla del sol y sentir el azul del Lago. Los coloridos trajes de las cholitas. La Plaza Murillo los sábados por la mañana. Los cafés y confidencias en el Sur. Las visitas "fenómenas": chutes de energía. Ver la cordillera real de los Andes. Almorzar en el Café Café cultural. Entrar en una mina. La luz del sol paceño. Una Huari bien fría. La Casa de la Moneda: la historia de Bolivia. Los aguayos. Pasear en moto por San Ignacio. El atardecer de Concepción a Santa Cruz. El cielo azul de La Paz. La música de un violín en un templo del siglo XVIII en mitad de la nada. Fibisita con su jerga y con su fuerza. Ver cada mañana el Illimani desde el ascensor. Sentirme en casa. Cumplir sueños. Vivir entre nubes. Celebrar mi ecuador y el cumple de Pati en un pueblo perdido de la Chiquitanía boliviana, bajo un tajibo, comiendo chicharrón de surubí y brindando con sidra...

martes, 1 de abril de 2008

Potosí, por fin

Después de mil intentos fallidos, logramos que nuestros planes no se fastidiaran por bloqueos y protestas y llegamos a Potosí.
Es una ciudad que poco tiene que envidiarle a Cuzco. Se trata de la capital del departamento (equivalente a comunidad autónoma) más pobre de Bolivia. Lo cual es toda una paradoja ya que el Cerro Rico mantuvo la economía europea durante 3 siglos.
Visitamos una mina. Fue espectacular y muy impresionante. En Bolivia estas cosas no están montadas para los turistas en el sentido de que no te llevan por una ruta asfaltada ni nada por el estilo. Uno entra a la mina por donde los mineros y si viene el carro lleno de minerales te metes donde puedes. A mí me impresionó. El sitio era agobiante por el calor y el polvo, pero la experiencia merece la pena. Hay 15.000 mineros de los que 3.000 son niños. Triste. Viendo esto interiorizas la magnitud de las diferencias existentes entre dos personas por haber nacido en sitios distintos, las oportunidades que a nosotros nos vienen dadas por el simple hecho de nacer en un país desarrollado y a las que mucha gente aquí no podrá acceder ni aunque viva 300 años en esta vida, por mucho esfuerzo que hagan o por mucho que lo intenten.


Al día siguiente visitamos La Casa de la Moneda, que es uno de los edificios mejor conservados de la época colonial. Le llaman el Escorial de América y la verdad es que es un edificio bastante bonito. El lugar es una joya. Estremecedor saber cómo trataban a los indios en aquélla época, obligándolos a trabajar hasta morir en condiciones infrahumanas sólo para acuñar monedas. Durante la visita guiada pusieron a parir a los españoles cientos de veces. Entre nosotras surgió el debate de si esos españoles son tan antepasados nuestros como de los que habitan este continente ahora y no llegamos a ningún acuerdo.
Potosí ha sido un antes y un después en la imagen que yo tenía de este país. Me parece aún más pobre y más víctima del expolio que sufrió en el pasado.